Hoy llegué a la casona y me enteré de la nueva política de los
dueños: ya no se aceptan putas. La noticia hizo eco en los pasillos
y Marcela me contó de la angustia de las negras sacando sus cosas a
media noche. Les advirtieron de la disposición cuando salían a
rumbear. Las pobres no tuvieron ni previo aviso…Aún se percibe el
perfume de Adriana al cruzar a la cocina para calentar agua. En las
alturas de la escalera que da al tercer piso me senté a esperar en
vano los gritos melódicos de Ana Iris. Esa no se puede quedar
callada cuando hace el amor. Sus gemidos de gatita se escuchaban en
mi humilde vivienda, la palomera, a primera hora del domingo y hasta
bien avanzada la madrugada del lunes.
La calle invernal espera por las negras. La cama helada me espera a
mí. En el altillo se mueve la voz de Sonia, enojada porque las otras
no son capaces de lavar el plato en el que comen. Los músculos se me
endurecen al tiempo que se me pone la piel de gallina. Sonia solía
darme unos golpecitos amistosos en los brazos, cuando me encontraba
haciendo la fila al baño, temblando de frío.
Esa negra tiene las piernas largas y una sonrisa luminosa de
mujercita noble. No se da cuenta y fuma desde que se levanta, como
para darse aire de puta atrevida. Se calza unas mínimas minifaldas y
sale a bailar los sábados al “Pura Vida”. Una vez me la encontré
a su regreso. Medio borracha me puso los senos en el pecho y yo,
animal avergonzado, sudoroso, le dije: “No Sonita… no me gustan
las mujeres… no me gustan las mujeres”
Dicen que se fueron al sur, a juntar los pesos para volar a Italia en
primavera.