El dolor es interno. No hay forma de aliviarlo. Ya ni siquiera tengo esperanzas de que se vaya. No hay caso. No pierdo más el tiempo intentando aplacar la molestia con analgésicos ni con diasepam. Tengo una caja de ansiolíticos. Pastillas para dormir, sujetas al control de sicotrópicos. Me llaman con su estrella verde, pero no me las tomo... No. Qué lata. Prefiero permanecer despierta. Y si me drogo, que sea con algo decente.
Qué hastío el día de hoy. Me muevo en mi propio envoltorio como el niño afiebrado en su cama. El cuerpo está mal, el corazón está mal, y transpiro, pero es más grande el aburrimiento. Tantas cosas que solucionar antes de largarse. Qué lata.
Sí. He pensado cortar por lo sano y mandarme a cambiar. Dejar todo botado y mandarme a cambiar. No debe ser muy difícil. Cosa de agarrar la mochila y llenarla de calzones. Me iría a la carretera. Me iría al norte. Y de ahí hacia arriba, hasta donde llegue. Disfrutar de la vida. Y punto.
Pienso y creo que puede parecer una huída. Claro que puede ser. Es una salida lógica para quien tiene siempre la soga al cuello. Tanto afán me dije cuando vi a R. en la calle, por pura casualidad. Tanto esfuerzo y la guagua igual se te cae al piso. Guaguas muertas que salen de vaginas jóvenes y frescas. Parir muerte después de tanto esfuerzo. Me dieron ganas de llorar. No lo hice, pero me tome una foto. La tengo pegada en el espejo retrovisor.